viernes, 13 de enero de 2017

UNA TEORÍA DE LA ENFERMEDAD -Enrique Pichon-Rivière


UNA TEORÍA DE LA ENFERMEDAD
Artículo extraído de la obra “El Proceso Grupal, del psicoanálisis a la psicología social”
De Enrique Pichon-Rivière  -  Ediciones Nueva Visión

L
a observación e indagación de los aspectos fenoménicos de la enfermedad mental o conducta desviada, inherentes a la tarea psiquiátrica, permiten a partir del descubrimiento de elementos genéticos, evolutivos y estructurales alcanzar una comprensión de la conducta humana como una totalidad en evolución dialéctica.  Es decir, que tras los signos de una conducta “anormal”, “desviada”, “enferma”, subyace una situación de conflicto de la que la enfermedad emerge como intento fallido de resolución.
    Desde un enfoque totalizador definimos la conducta como estructura, como sistema dialéctico y significativo en permanente interacción, intentando resolver desde esa perspectiva las antinomias mente-cuerpo, individuo-sociedad, organismo-medio (Lagache).  La inclusión de la dialéctica nos conduce a ampliar la definición de conducta, entendiéndola no sólo como estructura, sino como estructurante, como unidad múltiple o sistema de interacción, introduciéndose la noción de modificación mutua, de interrelación intrasistémica (el mundo interno del sujeto) e intersistémica (relación del mundo interno del sujeto con el mundo externo). Entendemos por relación intrasistémica aquella que se da en el ámbito del yo del sujeto, en el que los objetos y los vínculos internalizados configuran un mundo interno, una dimensión intrasubjetiva en la cual interactúan configurando un mundo interno.  Este sistema no es cerrado, sino que por mecanismos de proyección e introyección se relaciona con el mundo exterior.  A esta forma de relación la denominamos intersistémica.  En este sentido hablamos de la resolución de antinomias que han obstaculizado, como situaciones dilemáticas, el desarrollo de la reflexión psicológica en el contexto de las ciencias del hombre.
    Desde la vertiente de la psiquiatría hablamos de conducta normal y patológica, incluyendo así otro par conceptual: salud y enfermedad, al que definimos como adaptación activa o pasiva a la realidad. Con el término adaptación nos referimos a   la adecuación o inadecuación, coherencia o incoherencia, de la respuesta a las exigencias del medio, a la conexión operativa e inoperante del sujeto con la realidad. Es decir, que los criterios de salud y enfermedad, de normalidad y anormalidad, no son absolutos sino situacionales y relativos.  Definida la conducta, a partir del estructuralismo genético[1], como un “intento de respuesta coherente y significativa”, podemos enunciar el postulado básico de nuestra teoría de la enfermedad mental: toda respuesta “inadecuada”, toda conducta “desviada” es la resultante de una lectura distorsionada o empobrecida de la realidad.  Es decir, la enfermedad implica una perturbación del proceso de aprendizaje de la realidad, un déficit en el circuito de la comunicación, procesos éstos (aprendizaje y comunicación) que se realimentan mutuamente.
    Desde este punto de vista entendemos que el sujeto es sano en la medida en que aprehende la realidad en una perspectiva integradora, en sucesivas tentativas de totalización, y tiene capacidad para transformarla modificándose, a su vez, él mismo.  El sujeto es sano en la medida en que mantiene un interjuego dialéctico en el medio y no una relación pasiva, rígida y estereotipada.  La salud mental consiste, como lo hemos dicho, en un aprendizaje de la realidad a través del enfrentamiento, manejo y solución integradora de los conflictos. Podemos decir también que consiste en una relación, o mejor dicho en una aptitud sintetizadora y totalizante, en la resolución de las antinomias que surgen en su relación con la realidad.
     Hemos definido la estructura como unidad múltiple, como sistema; esto nos remite a la enunciación de los principios que rigen la configuración de esa estructura, ya sea patológica o normal.  Estos principios son:
Ø  Principio de policausalidad
Ø  Principio de pluralidad fenoménica
Ø  Principio de continuidad genética y funcional
Ø Principio de movilidad de las estructuras
     Agregamos a esto tres nociones que nos permitirán comprender la configuración de una estructura.  Son las de rol, vínculo y portavoz.
1) Principio de policausalidad
        Ya     en el campo específico de la conducta desviada, podemos decir que en la génesis de las neurosis y psicosis nos encontramos con una pluralidad causal, una ecuación etiológica compuesta por varios elementos que se van articulando sucesiva y evolutivamente, a los que Freud llamó series complementarias.  En este proceso dinámico y configuracional interviene en primer término el factor constitucional.  En este factor, enunciado por Freud, distingo: a) elementos genéticos, hereditarios, lo genotípico, o genético en sentido estricto y b) lo fenotípico, es decir aquellos elementos resultantes del contexto social que se manifiestan en un código biológico.  Queremos decir que el feto sufre la influencia del medio social aun en el aparente resguardo de su vida intrauterina, por medio de las modificaciones del medio materno.  A través de esas modificaciones impactan el desarrollo del feto las distintas alternativas de la relación de sus padres, la presencia o ausencia del padre, los conflictos del grupo familiar, sus vicisitudes de orden económico, situaciones de peligro individual o social, etcétera.  Todo esto causa un monto de ansiedad en la madre que se traduce en el feto en alteraciones metabólicas, sanguíneas, etcétera.  Así, lo fenotípico y lo genotípico se articulan en la vida intrauterina para la estructuración del factor constitucional.
     Una vez nacido el niño, el factor constitucional interactúa con el impacto de la presencia del niño en el grupo familiar, las características que con dicha presencia adquiere la constelación familiar, los vínculos positivos o negativos que en esa situación triangular (padre-madre-hijo) se establecen.  Estas primeras vivencias y experiencias se articulan con lo constitucional, lo que Freud denominó factor disposicional.
     Desde el nacimiento y durante el proceso del desarrollo, el niño padece en su relación con el medio permanentes exigencias de adaptación.  Se dan situaciones de conflicto entre sus necesidades y tendencias y las exigencias del medio.  Surge así la angustia como señal de alarma ante el peligro que engendra la situación conflictiva.  Si esa situación es elaborada, es decir, si el conflicto se resuelve en una solución integradora, el proceso de aprendizaje de la realidad continúa su desarrollo normal.  Pero si el sujeto no puede elaborar su angustia ante el conflicto, y la controla y reprime por medio de técnicas defensivas, que por su rigidez tendrán el carácter de mecanismos de defensa estereotipados, el conflicto no se liquida sino que se elude y queda en forma latente como punto disposicional, con un estancamiento de los procesos de aprendizaje y comunicación (lo que Freud denominó de fijación de la libido).
     Un factor actual o desencadenante, y con esto aludimos a un determinado monto de privación, una pérdida, una frustración o sufrimiento, determinará una inhibición del aprendizaje y las consecuentes regresión al punto disposicional y recurrencia a las técnicas de control de la angustia (posición patoplástica o instrumental), por medio de las cuales el sujeto intentará desprenderse de la situación de sufrimiento.
     Queremos decir que el sujeto, por una pérdida real o fantaseada de un vínculo, por una amenaza de frustración o sufrimiento, se inhibe y detiene parcialmente su proceso de apropiación o aprendizaje de la realidad.  Detiene parcialmente su progreso y recurre a mecanismos en ese momento operativos, aun cuando no lo son totalmente, ya que el conflicto no está resuelto sino eludido.  Esto configurará una pauta de reacción que si se estereotipa da lugar a un punto de fijación.  El grado de inadecuación del mecanismo arcaico (que en el momento del desarrollo al que se regresa resultó operativo) y la intensidad de la estereotipia de su empleo nos dará un índice del grado de desviación de las normas que padece el sujeto y de las características de su adaptación (activa o pasiva) a la realidad.  Por todo esto, podemos decir con Freud: "Cada sujeto hace la neurosis que puede y no la que quiere."
     La neurosis o psicosis se desencadena cuando el factor disposicional se conjuga con el conflicto actual.  Cuando el monto de lo disposicional es muy elevado, un conflicto actual, por escasa que sea su intensidad, es suficiente para desencadenar la enfermedad.  Por eso hablamos de la complementariedad de los factores intervinientes.
     Nos interesa señalar que los conceptos de constitución y disposición son de naturaleza psicobiológica.  Con eso queremos insistir en que la teoría psicoanalítica de las neurosis y psicosis no postula, como equivocadamente se afirma en cierta literatura psiquiátrica, la psicogenésis de las neurosis y psicosis, ya que esto implicaría una parcialidad de la unidad psicofísica.  Estos tres tipos de factores mencionados se intrincan en la configuración de las neurosis y psicosis.  La enunciación de esta ecuación etiológica permite superar una concepción rnecanicista que establece una estéril antítesis entre lo exógeno y lo endógeno.  Freud sostiene que la correlación entre lo endógeno y lo exógeno debe ser comprendida como la complementariedad entre disposición y destino.  Por nuestra parte queremos señalar que los psiquiatras llamados "clásicos", al insistir en los factores endógenos de causación, escotomizan entre otras cosas el monto de privación o conflicto actual, que al hacer impacto en un umbral variable en cada sujeto completa el aspecto pluridimensional de las neurosis y psicosis.
2) Principio de pluralidad fenoménica
        Este principio se funda en la consideración de tres dimensiones fenoménicas o áreas de expresión de la conducta.  Cada área es el ámbito proyectivo en que el sujeto ubica sus vínculos en un interjuego de mundo interno y contexto exterior mediante procesos de internalización y externalización.  En este interjuego el cuerpo resulta un área intermedia e intermediaria.  Cada una de estas áreas -mente, cuerpo y mundo externo- tiene un código expresivo que le es propio.
     Por ser el hombre una totalidad-totalizante (Sartre), su conducta comprometerá siempre, aunque en grados diferentes, las tres áreas de expresión.  Hablamos de grados de compromiso de áreas en el sentido de que la depositación de los objetos con los que el sujeto establece vínculos es situacionalmente más significativa en el área que aparece como predominante.  Por la fantasía inconsciente, el self (representación del yo) organiza proyecciones de objetos y vínculos en tres áreas a las que llamaremos dimensiones proyectivas.  Como consecuencia de esas proyecciones el sujeto expresará fenoménicamente, a través de distintos signos, en la mente, en el cuerpo y en el mundo sus relaciones vinculares.  Es decir, que en este sistema de signos que es la conducta, la aparición de signos en un ámbito determinado es un emergente significativo que nos remite a las relaciones vinculares del sujeto, a su manera de percibir la realidad y a la modalidad particular de adaptarse a ella.  Es decir, a la modalidad particular de resolver sus conflictos.  Estas modalidades configuran lo que llamaremos la estructura de carácter del sujeto.  La conducta es significativa, es un sistema de signos en el que se articulan significantes y significados, por lo cual se hace comprensible y modificable terapéuticamente.  Los aspectos fenoménicos de la conducta, expresados en distintos ámbitos temporoespaciales, son la resultante de la relación de sujeto, depositante, "lo depositado", con su valencia positiva o negativa, y la ubicación de los vínculos y objetos en un ámbito perceptual simbólico: el área.  El sujeto proyecta vínculos y objetos y actúa lo proyectado.  Por eso, sólo la interacción dialéctica del sujeto con el contexto permitirá una rectificación, una experiencia discriminatoria y por ende correctora de su lectura de la realidad.  El diagnóstico de la enfermedad se establece en función del predominio de una de las áreas por una multiplicidad sintomática, aunque el análisis estratigráfico nos muestra en cada situación el compromiso y existencia de las tres áreas.
     Queremos señalar sin embargo que la mente opera por el self a través de mecanismos de proyección e introyección, como estrategia de esa ubicación, en los distintos ámbitos proyectivos, de los vínculos buenos o malos en un clima de divalencia y con la finalidad de preservar lo bueno y controlar lo malo.  Por esa depositación es que las áreas adquieren para el sujeto una significatividad particular en relación con la valencia positiva o negativa de lo depositado.
     En la divalencia, el yo, el objeto y el vínculo -estructura esta última que incluye al yo, al objeto y a la relación dialéctica entre ambos- están escindidos y la tarea defensiva consiste en mantenerlos en esa escisión, ya que si lo bueno y lo malo se reunieran en el mismo objeto, el sujeto caería en una depresión, con su secuela de dolor y culpa, en una situación de ambivalencia.  El yo elaborará también una estrategia para reunir los aspectos buenos y malos en un objeto (integración).
     Postulamos sobre la base de estos conceptos una nosografía genética, estructural y funcional en términos de localización de los vínculos (bueno y malo) en las tres áreas mente-cuerpo-mundo externo con todas las variables que de esa ecuación puedan surgir.
     Ejemplificando, podemos decir que el sujeto fóbico proyectará y actuará el objeto bueno y el objeto malo en el área del mundo exterior.  Por esa depositación se comportará evitativamente, es decir, presentará conductas de fuga como frente a un ataque exterior y sentirá, por ejemplo, angustia en los espacios cerrados (claustrofobia) o en los espacios abiertos (agorafobia) en los que se siente a merced del perseguidor.
     En la esquizofrenia el objeto perseguidor (vínculo malo) puede estar proyectado en el área tres (mundo externo) y el bueno en el área de la mente, caracterizándose así la esquizofrenia paranoide con una retracción de la realidad exterior y un encierro autístico y narcisista del sujeto.  En el alejamiento del mundo externo, para evitar el objeto malo, se refuerza la privación que mencionamos como factor desencadenante.
3) Principio de continuidad genética y funcional
     Con este principio postulamos la existencia de un núcleo patogenético central de naturaleza depresiva del que todas la formas clínicas resultarían tentativas de desprendimiento.  Estas tentativas se instrumentarían a través de las técnicas defensivas características de la posición esquizo-paranoide descripta por Melanie Klein a la que yo denomino patoplástica o instrumental.  Es decir, que podríamos hablar de una única enfermedad con un núcleo patogenético depresivo y una instrumentación que tiene como mecanismo central la escisión o splitting del yo, del objeto y de los vínculos del yo con los objetos.  A partir de esa escisión o splitting el sujeto recurre a las otras técnicas de la posición esquizo-paranoide: la proyección (ubicación fuera del sujeto de los objetos internos), la introyección (pasaje fantaseado al interior del sujeto de los objetos externos y sus cualidades), el control omnipotente de los objetos tanto internos como externos, la idealización, etc.  La alternancia e intrincación de la posición depresiva y la esquizo-paranoide configuran una continuidad subyacente a los distintos aspectos fenoménicos característicos de los diversos cuadros clínicos.
     Consideramos en la enfermedad mental una génesis y una secuencia vinculada a situaciones depresivas, de pérdida, de privación, de dolor que son vividas como catástrofe interna en un clima de ambivalencia y culpa en el que el sujeto padece por sentir que odia y ama simultáneamente al mismo objeto, a la vez que es también amado y odiado por ese objeto.  Es decir, que en la relación con ese objeto pueden existir experiencias gratificantes (vínculo bueno) o frustrantes (vínculo malo).
     Estas pautas tienen su antecedente en dos situaciones incluidas en el desarrollo infantil normal.  Con el nacimiento el niño sufre la primera pérdida de la relación simbiótica con su madre (pérdida del seno materno) y queda librado a las exigencias del medio externo en un estado de dependencia total.  En esta situación, en la que vivirá experiencias gratificantes surgidas de la satisfacción de deseos y necesidades y experiencias frustrantes, estructurará sus vínculos positivos y negativos de acuerdo con la cualidad de la experiencia en cuya configuración intervienen ya fantasías inconscientes.
     En ese estadio de su desarrollo que abarca los seis primeros meses de vida, el sujeto recurre por primera vez, y con la finalidad de ordenar su universo para lograr una discriminación de sus emociones y percepciones, al ya mencionado mecanismo de escisión; relacionándose así, a partir del splitting, con lo que vivencia como dos objetos, uno totalmente bueno, gratificante, al que ama y por el que es amado, y otro totalmente malo, frustrante, peligroso y persecutorio, al que odia y por el que se siente odiado.  Esta escisión y relación del yo con dos objetos de valencias opuestas se denomina divalencia y es característica de la posición esquizo-paranoide.
     La ansiedad dominante en esta situación es la ansiedad paranoide o miedo al ataque del perseguidor que es tanto mayor cuanto mayor haya sido el monto de hostilidad de la que el sujeto se ha librado proyectándola en el objeto interno y frustrante.
     Con el proceso fisiológico de maduración y el manejo operativo de las ansiedades, el yo del niño logra una mayor integración entrando así en una nueva fase a la que M. Klein denominó posición depresiva del desarrollo (entre los 6 meses y el año de vida).  Hay un proceso de cambio con una organización integrativa de las percepciones.  El sujeto reconoce el objeto total.  No lo escinde, no lo divide, se relaciona con él como totalidad.  Esto se da cuando el niño comienza a reconocer a su madre no en forma parcial (pecho, voz, calor, olor) sino como totalidad.  Por el desarrollo de la memoria y de la capacidad integrativa establece con el objeto vínculos a 4 vías, es decir, que ama y se siente amado y odia y se siente odiado por el mismo objeto, en el que descubre reunidas posibilidades de gratificación y frustración. De la misma manera reconoce dentro de sí sentimientos de amor y gratitud coexistiendo con hostilidad y agresión.  Esto provoca el sentimiento de ambivalencia con el temor a la pérdida del objeto amado y sentimiento de culpa por miedo a que los impulsos hostiles puedan dañar a dicho objeto.
     La ambivalencia paraliza al sujeto que tiene en ese momento como único recurso defensivo la inhibición que lo conducirá a la regresión y disociación.  Todo esto configurará una pauta estereotipada de reacción que emerge (a la que se regresa) en el proceso del enfermar a partir del conflicto actual o desencadenante.
     Así, ante la situación de sufrimiento, característica de la depresión, surge la posibilidad de una nueva regresión a otra posición anterior operativa o instrumental que permite el control de la ansiedad.  El sujeto sale de la inhibición y del conflicto de ambivalencia por una nueva disociación y la ansiedad paranoide (miedo al ataque) reemplaza a la culpa (miedo a la pérdida).
     Las neurosis son técnicas defensivas contra las ansiedades básicas.  Dichas técnicas son las más logradas y cercanas a lo normal y si bien resultan intentos fallidos de adaptación se encuentran más alejadas de la situación depresiva patogenética.  Las psicosis son también intentos de manejo de las ansiedades básicas pero menos exitosas que las neurosis, es decir, con un mayor grado de desviación de la norma de salud.  Lo mismo sucede en las psicopatías cuyo mecanismo prevalente es el de la delegación.  Dentro de las psicopatías, las perversiones se manifiestan como formas complejas de elaboración de las ansiedades básicas y su mecanismo general se centra alrededor del apaciguamiento del perseguidor (objeto malo).  El crimen (también incluido en este cuadro) constituye la tentativa de aniquilar la fuente de ansiedad proyectada en el mundo externo.  Cuando esta fuente es ubicada en el propio sujeto se configura la conducta suicida.
     El fracaso de la elaboración del sufrimiento de la posición depresiva acarrea en forma inevitable el predominio de defensas que implican el bloqueo de las emociones y de la actividad de la fantasía.  Estas defensas estereotipadas impiden sobre todo cierto grado de autoconocimiento o insight necesario para una adaptación positiva a la realidad.  Es decir, que el bloqueo del afecto, de la fantasía y del pensamiento que se observa en los distintos cuadros clínicos determina una conexión empobrecida con la realidad y una dificultad real de modificarla y de modificarse a sí mismo en ese interjuego dialéctico que es para nosotros un criterio de salud.
     En cuanto a la situación depresiva, tomada como hilo conductor a través del proceso del enfermar y del proceso terapéutico, consideramos la existencia de cinco formas características a las que denominamos: a) protodepresión, surgida de la pérdida que el niño vivencia al abandonar el claustro materno; b) posición depresiva del desarrollo, señalada por la situación de duelo o pérdida (destete), conflicto de ambivalencia por una integración del yo y del objeto, culpa y tentativas de elaboración; c) depresión de comienzo o desencadenante.  Es el período prodrómico de toda enfermedad mental y emerge ante una situación de frustración o pérdida; d) depresión regresional, la que implica la regresión a los puntos disposicionales anteriores, característicos de la posición depresiva infantil y su elaboración fallida; e) depresión iatrógena, denominamos así a la que se produce cuando en el proceso corrector se intenta la integración de las partes del yo del paciente, es decir, cuando la tarea consiste en el pasaje de la estereotipia de los mecanismos de la posición esquizo-paranoide a un momento depresivo en el que el sujeto puede lograr una integración tanto del yo como del objeto y de la estructura vincular que los incluye.  Adquiere así lo que llamamos insight o capacidad de autognosis, lo que le permite elaborar un proyecto con la inclusión de la muerte como situación propia y concreta.  Esto significa enfrentar los problemas existenciales y el logro de una adaptación activa a la realidad con un estilo propio y una propia ideología de vida.  Pero el momento depresivo de integración y la autognosis implica sufrimiento; por eso dice Rickman que "no hay curación sin lágrimas", pero agregamos que este sufrimiento es operativo.
     La operación psicoterapéutica o proceso corrector consiste en última instancia en un proceso de aprendizaje de la realidad y de reparación de la red de comunicación disponible para el sujeto.  Es la confrontación que implica la experiencia correctora cuando el sujeto puede integrarse, en una situación de sufrimiento tolerable por la discriminación de los miedos básicos, lo que determina un manejo más adecuado de las técnicas del yo en la tarea de preservación de lo bueno y control de lo malo. ¿En qué consiste esa confrontación?  En un proceso en el que el sujeto adjudicará al terapeuta distintos roles según sus modelos internos (transferencia).  En este proceso de adjudicación se hará manifiesta su distorsión en la lectura de la realidad.  Estos roles no serán actuados, sino retraducidos (interpretados) en una conceptualización o hipótesis acerca del acontecer inconsciente de su paciente.  La respuesta del sujeto será retomada en ese diálogo como emergente, como signo que nos remite nuevamente a ese acontecer, que es el hilo que nos permite comprender y cooperar con él en la modificación de su percepción del mundo y las formas de su adaptación a la realidad.
     Hemos enunciado cuatro principios que rigen, a nuestro juicio, la configuración de toda estructura patológica o normal.  Me referiré ahora al mencionado en último término.
4) Principio de movilidad de las estructuras
        Manejar este concepto implica situarse ante el paciente con un esquema referencial plástico, que permita comprender que las estructuras son instrumentales y situacionales en cada aquí y ahora del proceso de interacción; que las modalidades o técnicas del manejo de las ansiedades básicas, con su localización de objetos y vínculos en las distintas áreas, son modificables según los procesos de interacción en los cuales se compromete el sujeto.  Esta afirmación tiene importantes aplicaciones en lo que se refiere a la labor diagnóstica.
     Retomando lo enunciado al referirnos al principio de pluralidad fenoménica, podernos afirmar que un análisis secuencial de la sintomatología de un paciente nos muestra que el sujeto, en diversas situaciones, presenta distintas defensas, distintas técnicas de manejo de sus ansiedades, con una variable ubicación de sus vínculos en las distintas áreas, en la permanente tarea de preservar lo bueno y controlar lo malo.  Como ya lo hemos dicho, existiría un único núcleo patogenético, de naturaleza depresiva, y una instrumentación que tiene como mecanismo central la escisión del yo, de los objetos y de los vínculos, y que se complementa con el repertorio de técnicas defensivas de la posición esquizo-paranoide.  El hecho de que todos los cuadros clínicos aparezcan desde esta perspectiva como tentativas de desprendimiento de ese núcleo patogenético nos permite postular, teóricamente, lo que resulta un dato de observación clínica: la movilidad de las estructuras y su naturaleza situacional.  Así como por el análisis secuencial podemos advertir dicha movilidad, el análisis estratigráfico nos revela el grado de compromiso de las áreas, o sea el monto y calidad de la disposición que hace el sujeto en cada área.  Tenemos así un área involucrada en primer término por la multiplicidad sintomática, lo que orienta el diagnóstico situacional y estructural, a la vez que podemos observar el grado de compromiso (siempre en términos de depositación) de las otras dos áreas, lo que nos permitirá establecer el pronóstico.




[1] Compartimos muchos de los conceptos fundamentales sostenidos por esta corriente de pensamiento, particularmente la afirmación de que "todo comportamiento tiene un carácter de estructura significativa” y "que el estudio positivo de todo comportamiento humano reside en el esfuerzo por hacer accesible esa significación".  Nos atrae particularmente el enfoque dialéctico de esta perspectiva para la que "las estructuras constitutivas del comportamiento no son datos universales, sino hechos específicos nacidos de una génesis pasada en situación de sufrir transformaciones que perfilan una evolución futura.", (L. Goldmann, Genese et Structure, Mouton, La Haya, 1965.)

MOTIVACIÓN DE LA CONDUCTA (extraído de la obra “Psicología de la Conducta”, de José Bleger)

MOTIVACIÓN DE LA CONDUCTA 
Material extraído de la obra “Psicología de la Conducta”, de José Bleger, Paidós
SERIES COMPLEMENTARIAS:
C
onstituye la teoría de la causalidad introducida por Freud y que, en buena medida, coincide con ciertos aspectos fundamentales de la causalidad recíproca.  Con ellas estudió Freud principalmente los fenómenos comprendidos en la psicopatología, pero se aplican también a toda la psicología.
     En las series complementarias hay tres series de causas que no actúan independientemente; en realidad, lo que actúa es la resultante de su interacción.
Una primera serie complementaria está dada por los factores hereditarios y congénitos.  En factores hereditarios se incluyen todos aquellos transmitidos por herencia, es decir, por los genes; en los factores congénitos se incluyen todos aquellos que provienen del curso de la vida intrauterina.

FACTORES CONGENITOS                                                            2. EXPERIENCIAS
Y HEREDITARIOS                                                                            INFANTILES
 





                                                         3. DISPOSICIÓN
 






4. FACTORES ACTUALES                                                                       5. EFECTOS
  O DESENCADENANTES                                                                  
     Una segunda serie complementaria está constituida por las experiencias infantiles, que adquieren una importancia fundamental porque ocurren en una época de formación de la personalidad y, por lo tanto, son más decisivas.
     Una tercera serie complementaria está constituida por los factores desencadenantes o actuales.  Estos últimos actúan sobre el resultado de la interacción entre la primera y segunda serie complementaria, es decir, sobre la disposición.
     La primera serie complementaria da, corno resultado, lo que se denomina el componente constitucional.  Tanto ésta como la segunda serie complementaria se pueden incluir dentro de lo que Lewin ha llamado la causalidad histórica, mientras que la disposición y los factores desencadenantes constituyen la causalidad sistemática, porque hay que tener en cuenta que la disposición es también un factor actual, integrante del  campo presente, al igual que los factores desencadenantes.
     Los efectos pueden reactuar, solamente, sobre estas dos últimas series complementarias, es decir, modificando la disposición y/o los factores desencadenantes; no pueden modificar el pasado (la herencia y las experiencias infantiles), pero sí la gravitación de los mismos.
     Existe también una interacción entre los factores desencadenantes y la disposición, en el sentido de que esta última acentúa, promueve o estructura la actuación de determinadas causas desencadenantes, y estas últimas pueden, a su vez, modificar la disposición.  Por supuesto que todas estas interacciones así como existen pueden dejar de existir y entrar en un círculo vicioso, estereotipado (paralización del aprendizaje), y también se pueden distorsionar, perturbar o influir positivamente.
     Las tres series complementarias están siempre presentes en toda conducta (normal o patológica), pero puede existir un predominio (siempre relativo y nunca absoluto) de cada una de las series, en los casos en que la intervención de alguna de ellas sea preponderante; cuando tal es el caso para la primera y segunda serie complementaria (constitución y disposición), se caracteriza como un predominio de factores endógenos, mientras que cuando lo importante es el factor desencadenante, se caracteriza como un predominio de los factores exógenos.  Entre ambos no hay contradicción o exclusión; siempre están presentes ambos, aunque, como acabamos de ver, puede ocurrir un predominio de alguno de ellos.
   
 


                                                         Constitucional
Predominio de las Series                                                     ENDOGENO
Complementarias                            Disposicional


                        Actual                          EXÓGENO

     Estas denominaciones, según el predominio de alguna de las series complementarias, se utilizan para calificar tanto las causas como las conductas mismas (normales o anormales: síntomas y enfermedad). Exógeno y endógeno califican solamente predominios relativos, pero no son excluyentes; lo exógeno sólo puede actuar a través de lo endógeno, y a su vez este último condiciona o modifica al primero. Además, lo endógeno ha sido a su vez, en algún momento del desarrollo, también exógeno.
CONDUCTAS DEFENSIVAS:
a   LA DEFENSA:      El término defensa es empleado por primera vez por Freud en 1894 en su estudio sobre las “Neuropsicosis de defensa”, en el cual describe los síntomas como formaciones defensivas frente a ideas y afectos insoportables y dolorosos.  Más tarde, sustituye el término por el de represión, pero en 1926 lo retorna y define la represión como una forma de defensa.
Los peligros contra los cuales tenían que operar las defensas podían provenir -según A. Freud- de tres fuentes: de los instintos, de la conciencia moral (superyó) o de la realidad exterior. Todas las conductas defensivas son conductas que operan sobre la disociación (divalencia) y tienden a fijar o estabilizar una distancia óptima entre objeto bueno y malo.  Fueron estudiadas por Freud y la escuela psicoanalítica con la denominación de mecanismos de defensa, pero son en realidad conductas y deben ser estudiadas como tales.  Si se optara por mantener la denominación original de mecanismos de defensa, de ninguna manera se debe suponer que estos supuestos mecanismos originan la conducta respectiva, sino que, a la inversa, lo concreto son las conductas, y los mecanismos derivan de un proceso de generalización y abstracción de las primeras, pero de ninguna manera tienen que ser convertidos en entelequias.
Las  conductas defensivas son las técnicas con las que opera la personalidad total, para mantener un equilibrio homeostático, eliminando una fuente de inseguridad, peligro, tensión o ansiedad.  Son técnicas que logran un ajuste o una adaptación del organismo, pero que no resuelven el conflicto, y por ello la adaptación recibe el nombre de disociativa.
En todo momento en que fracasan las conductas defensivas y -por consiguiente- la disociación de la conducta, aparece la ansiedad como un índice de restitución, o peligro de restitución, de la ambivalencia (conflicto). La pérdida de las defensas habituales, en forma total, conduce a una desintegración psicótica, pero en condiciones más comunes no alcanza tal intensidad ni totalidad, y la ansiedad que aparece promueve la formación de nuevas conductas defensivas.  Esta alternancia de las conductas defensivas puede ser un proceso estereotipado o bien constituir un verdadero proceso de aprendizaje.
Las conductas defensivas no existen solamente en los procesos patológicos, sino que intervienen normalmente en el ajuste y desarrollo de la personalidad; lo que caracteriza lo normal o lo patológico no son conductas defensivas típicas en su calidad, sino una variación en su quantum o grado de aparición, lo cual a su vez condiciona o produce cambios cualitativos; la rigidez o plasticidad en la dinámica o alternancia de las conductas defensivas es otro de los caracteres que diferencia lo normal de lo patológico.
Toda conducta defensiva conduce a una restricción del yo o a una limitación funcional de la personalidad, porque siempre opera contra una parte del mismo yo, ligada a un objeto perturbador; esta restricción puede ser muy amplia o de tal magnitud que la capacidad del yo se reduce a un mínimo.
La defensa no es un sobreagregado, sino que es la conducta misma, en sus múltiples alternativas frente a los conflictos; éstos tampoco son nada ajeno a la conducta misma.  El propio Freud, que comenzó sus investigaciones con un esquema energetista de los conflictos, en el año 1938 admite la escisión del yo frente a los conflictos, con la aparición de dos conductas o reacciones opuestas, “ambas válidas y efectivas”; “el rechazo siempre se complementa con una aceptación; siempre se establecen dos posiciones antagónicas y mutuamente independientes que dan por resultado una escisión del yo.  El desenlace depende, una vez más, de cuál de ambas posiciones logre alcanzar la mayor intensidad”.
a   PROYECCIÓN:   Es un término primitivamente utilizado por Condillac y por Helmholtz para describir una teoría, según la cual las sensaciones son primero percibidas como experiencia psicológica y sólo posteriormente, por una localización en el espacio, fuera del yo, adquieren realidad independiente de la psicológica, es decir, que la sensación se percibe primero como experiencia interna y sólo posteriormente es ligada a objetos exteriores.
En psicología, en la actualidad, se denomina proyección al hecho de atribuir a objetos externos características, intenciones o motivaciones, que el sujeto desconoce en sí mismo. La proyección puede realizarse tanto sobre objetos inanimados como sobre seres animados.
Lo que se proyecta y se experimenta, por lo tanto, es uno de los términos de la divalencia (disociación de la ambivalencia) y, por lo tanto, una estructura que incluye un objeto parcial y parte del yo ligado a ese objeto. La proyección se realiza ubicando el objeto parcial en el área tres (mundo externo), sobre un objeto real del mundo exterior, y reteniendo el otro objeto parcial en el área uno (mente) o en la dos (cuerpo).  Se puede proyectar tanto el objeto bueno como el malo. En ciertos casos puede ocurrir una proyección de objeto total.
Forma parte tanto de la conducta normal como de la anormal, y juega un papel muy importante en la psicología de la personalidad.  Interviene normalmente en el curso del desarrollo, en el cual, por ejemplo, las frustraciones, vividas con agresión contra el objeto frustrante, son proyectadas sobre otro objeto, y entonces se percibe a este último objeto como agresivo, lo que permite mantener el vínculo sin conflictos con la persona que se necesite para la satisfacción de necesidades.  Interviene en todo proceso de percepción y es la experiencia reiterada con la realidad la que permite la rectificación de lo proyectado y, por lo tanto, una percepción correcta. Si esta proyección no es rectificada por la realidad y dista de la misma en forma apreciable, se producen la alucinación y la ilusión; la primera es más masiva, en el sentido de que toma menos en cuenta las características reales del mundo exterior, y es de más difícil rectificación que la segunda.
Si se proyecta predominantemente el objeto malo, el sujeto se siente bueno por retener el objeto bueno como propio, mientras que el o los objetos del mundo exterior son percibidos como malos o peligrosos.  Este caso es el que denominamos la conducta de estructura paranoide.
Si se proyecta lo bueno, el sujeto se siente malo y pasa a una relación de dependencia del objeto externo, dependiendo de su protección y de sus juicios sobre él.  Si la proyección es demasiado intensa, el sujeto se siente pobre y vacío.
La proyección puede dar como resultado una identificación que en este caso se denomina identificación proyectiva, en la cual el sujeto experimenta como propias, conductas de un objeto externo y vive dichas experiencias a través del otro.  En casos extremos y patológicos (esquizofrenia), el sujeto siente que lo tocamos a él si tocamos un objeto con el cual él está identificado proyectivamente.  Es también identificación proyectiva el caso de los que siempre ayudan a otros, para vivir a través de los otros y no de sí mismos.
Pichon-Rivière ha introducido, en este sentido, una terminología que permite comprender mejor los procesos de proyección en las diferentes situaciones normales y patológicas; denomina depositario al objeto externo sobre el cual se efectúa la proyección, depositante al sujeto que la realiza y depositado a lo que es proyectado.  La discriminación entre depositado y depositario permite la rectificación de lo proyectado, y por lo tanto, el mejor conocimiento de la realidad, mientras que la superposición total e identificación entre ambos es el proceso característico de las psicosis. Otro proceso que tiene lugar en la relación interpersonal, es el hecho de que el depositario puede asumir el papel de lo depositado y a su vez entrecruza proyecciones con el depositante, y este proceso, en un grado máximo o intenso, es característico de las psicopatías.
El desarrollo normal y la integración de la personalidad con la integración del sentido de la realidad, depende de un progresivo clivaje entre lo proyectado y el depositario.  En el curso del desarrollo es la defensa más temprana o más precoz, que aparece aún antes que la represión. 
Todos los fenómenos animistas se basan sobre la proyección, al igual que el enamoramiento, la alienación, y gran cantidad de otros fenómenos. La proyección interviene también en el proceso de los conocimientos y en el de la orientación con un mayor sentido de realidad.  La diferencia entre animismo y conocimiento no estaría solamente en un quantum de proyección sino, además, en una distancia óptima con el objeto, y en la interacción entre proyección e introyección.
a   INTROYECCIÓN: Es la incorporación o asimilación, por parte de un sujeto, de características o cualidades que provienen de un objeto externo, del mundo exterior. Con esta acepción fue introducida y estudiada por Freud, anteriormente, para Avenarius, designaba el proceso por el cual  se atribuye la existencia de objetos exteriores a una objetivación de estados internos, proceso que dicho autor suponía era la dificultad esencial que había que superar en la indagación filosófica.
Cumple un papel muy fundamental en el desarrollo normal, en la formación de la personalidad, tanto como en otros procesos normales y patológicos.  La introyección puede ser parcial o total, en cuanto se incorpora una parte del objeto externo, o su totalidad.  Normalmente se alterna, sucesiva y reiteradamente, con la proyección, permitiendo un mejor sentido de la realidad con la rectificación de la proyección, pero puede alterarse el proceso total de la proyección-introyección, como ocurre en la introversión y      en el autismo.
Fue especialmente estudiada por Abraham y Freud en los estados de duelo, en los que, por la pérdida de un objeto querido el sujeto incorpora propiedades del mismo y pasa a tener algunas de sus características.  La introyección puede ser de un objeto parcial (bueno o malo) tanto como de un objeto total (ambivalente).
Si el objeto introyectado invade demasiado la personalidad del sujeto, este último pasa a conducirse, parcial o totalmente, con los rasgos del objeto introyectado.  Esto recibe el nombre de identificación introyectiva. Es el caso de un ejemplo muy sencillo, de Freud, de un niño que pierde su gatito querido y entonces comienza a caminar como si tuviera cuatro patas, ayudado con las manos, y a maullar como si él mismo fuese el gato. O, en otro ejemplo, cuando el niño habla y camina igual que su padre. Como se ve, la identificación introyectiva incluye también todo lo que se ha estudiado con el nombre de imitación, que tanta importancia asume en psicología social.  La identificación introyectiva interviene también en otros fenómenos mucho más masivos de cambio de personalidad: la metamorfosis.
a   REGRESIÓN: Se llama así a la reactivación y actualización de conductas, o de un nivel total de comportamiento, que corresponden a un período anterior ya superado por el sujeto.  La regresión tiene lugar siempre que aparece un conflicto actual que el sujeto no puede resolver, y entonces reactiva y actualiza conductas que han sido adecuadas en otro momento de su vida, pero que corresponden a un nivel anterior, infantil.
La regresión nunca es un revivir total de conductas anteriores, sino que siempre son conductas nuevas y distintas, pero que se hacen dentro de un molde o estilo que pertenece al pasado. La regresión ocurre tanto en condiciones normales como en estados patológicos. El primer caso se produce, por ejemplo, en el dormir y el soñar, mientras que todos los estados patológicos son regresiones y la regresión se hace a puntos disposicionales del desarrollo, denominados puntos de fijación.  Freud y Abraham sistematizaron los distintos momentos o niveles del desarrollo de la personalidad y los relacionaron con las distintas afecciones mentales, según el grado de regresión.
La regresión puede ser total o parcial, reversible o no; puede implicar todas las áreas de la conducta o solamente algunas de ellas, o partes las mismas.
a   DESPLAZAMIENTO: En el desplazamiento, las características de un objeto o la proyección efectuada sobre él se propagan o difunden a otros objetos o partes de la realidad externa, asociados de alguna manera al primero.
Fue descripto como la conducta más típica o específica de las fobias, en las cuales la evitación de un objeto es transferida a otro, con la ventaja de que se puede mantener la relación con el objeto primitivo. Uno de los primeros casos estudiados fue el que se conoce como “el caso Juanito” en él, el padre de Juanito se convirtió en un objeto ambivalente: querido y temido al mismo tiempo.  El temor fue desplazado del padre a los caballos y ello permitió que la relación afectiva continuara con su padre, convertido así en objeto parcial.
En realidad, en el desplazamiento interviene de todos modos, siempre, el proceso de proyección-introyección: el padre es introyectado como objeto ambivalente y, después de su disociación, se proyecta la divalencia (los objetos parciales) sobre depositarios diferentes. En el desplazamiento ocurre una progresión o “contaminación” de los objetos, que se hacen así peligrosos o temidos; del caballo se puede desplazar el miedo a la calle, a los carros, a las personas que los manejan, etcétera.
a   REPRESIÓN: A partir de la disociación, uno de los objetos parciales y las manifestaciones de conducta con él ligadas quedan excluidos de la conducta actualmente desarrollada.  Si esto ocurre en el área de la mente, llamamos represión a este proceso que lleva necesariamente a una limitación de la capacidad funcional del yo y de la personalidad total. 
Pero esta exclusión puede realizarse sobre objetos proyectados y sobre los depositarios de dichos objetos, en cuyo caso hay una negación de la realidad externa, es decir, parte de esta última queda totalmente afuera o excluida, como si realmente no existiese.
La represión o negación puede ser también de una parte del cuerpo, aquella con la que se halla ligado el objeto disociado, divalente, proceso muy relacionado con las alteraciones y la dinámica del esquema corporal. Una parte del cuerpo frecuentemente muy reprimida o negada es, en nuestra cultura, la parte de los órganos genitales, a los cuales el sujeto excluye como si no existieran, ya sobre sí mismo, sobre todos o sobre algunas personas, especialmente los padres, en quienes la admisión de la sexualidad crea un conflicto en el sujeto que necesita mantenerlos idealizados.
a   CONVERSIÓN: Uno de los términos del conflicto (objeto parcial) se fija, como conducta, en el área del cuerpo, en forma de un síntoma o una manifestación orgánica.  Fue descubierta y estudiada como situación típica de la histeria.  
a   AISLAMIENTO: En el aislamiento, además de la disociación o fraccionamiento del objeto ambivalente en objetos parciales, ocurre un distanciamiento de la conducta ligada a uno de los objetos parciales, como forma de impedir la reaparición o confluencia del objeto parcial reprimido o negado.
El aislamiento tiende a lo inverso del desplazamiento, porque es justamente lo que se trata de evitar: el desplazamiento de características malas o indeseables del objeto malo hacia el objeto bueno.  En el desplazamiento actúa la contaminación, mientras que aquí se trata de evitarla; en el desplazamiento se contaminan nuevos depositarios con el objeto malo,  mientras que aquí se trata de evitar la contaminación del objeto bueno y su depositario respectivo.
a   INHIBICIÓN: Se trata de una impotencia o déficit (total o parcial) de una función o un tipo de conducta, tanto en área uno, como en la dos o tres. La conducta o función inhibida es la parte ligada al objeto parcial que es negado o reprimido y aislado, de tal manera que se inmoviliza uno de los términos del conflicto y, por lo tanto, se evita la ambivalencia.
Se diferencia de la conversión o somatización en que en la inhibición no hay síntomas, es decir, conductas distintas a las normales; en ella el síntoma es justamente sólo la ausencia de la función normal.  Anna Freud diferencia entre inhibición y restricción del yo, diciendo que la inhibición se orienta contra los propios procesos internos, mientras que la restricción del yo opera contra los estímulos del mundo externo.  Esta diferencia no es válida, porque toda defensa implica una restricción del yo y -además- las inhibiciones pueden operar, tanto en área uno, como en la dos y tres.
a   RACIONALIZACIÓN: Es una forma de negación en la que, para evitar el conflicto o la frustración se dan razones o argumentos que los encubren. La racionalización es una utilización del razonamiento para encubrir o negar realidades, mientras que en el razonar no ocurre esto. El ejemplo más sencillo es el de la zorra que no puede alcanzar las uvas y entonces se tranquiliza pensando (racionalizando) que las uvas están verdes; niega que las uvas están maduras, que ella las desea y que no las alcanza.
a   FORMACIÓN REACTIVA: Se reprime toda la conducta ligada al objeto malo, pero no en forma estabilizada o fija, de tal manera que permanentemente existe el peligro de una reactivación del conflicto ambivalente.  En este caso, la conducta manifestada, ligada al objeto bueno, se extrema y se hace más intensa o más perseverante. Es el caso del sujeto que tiene que luchar con tendencias amorales o perversas, y no sólo manifiesta la conducta ligada al objeto bueno, sino que ésta es más intensa, de tal manera que se conduce como hipermoral.
a   SUBLIMACIÓN: En la formulación primitiva de Freud, en la que operaba con la teoría de los instintos, el concepto de sublimación fue presentado como las conductas que, socialmente aceptadas y útiles, canalizaban o descargaban, sin embargo, tendencias que eran culturalmente rechazadas en su forma original.  Toda la actividad y la producción científica, intelectual, artística, cultural en general, incluidas las religiones, eran consecuencia de la sublimación.
   En la teoría de las relaciones objetales, que es la que aceptamos, utilizamos y desarrollamos aquí, la sublimación permite una integración y resolución de la ambivalencia y, por lo tanto, del conflicto, haciendo que en esa integración se canalicen armónicamente y de manera socialmente productiva tanto el objeto bueno como el malo, y las partes respectivas del yo a ellos ligadas.